Llega septiembre, mes en que renace la primavera, en que las flores embellecen nuestras casas, en que el sol brilla y a lo lejos recordamos ese evento que nos dividió como chilenos. Era un niño de cuatro años que vivía a unas cuadras del comando de Telecomunicaciones del ejército, lugar elegido por el capital general Augusto Pinochet como centro de operaciones del golpe militar más sangriento que haya tenido Chile.
Era un niño que sólo recuerda a los militares que sitiaron esa población en que vivía y los juegos de guerra con los chicos de mi pasaje. Los años venideros hemos visto el horror y no dejamos de sorprendernos de lo que puede hacer la tiranía de aquellos que traicionan y venden su alma a la maldad.
Deseo en lo más profundo de mi corazón que nunca más ocurra estos hechos en mi tierra y que las nuevas generaciones, entre los que están mis hijos, sepan cuidar lo que tantas vidas costó recuperar.
Tantos fueron los que sufrieron y dejaron de vivir. Espero que sus almas descansen en paz, porque quienes fueron capaces de hacer ese daño sólo Dios los puede perdonar.
El Palacio de la Moneda en llamas y el último discurso del Presidente Salvador Allende
Llega septiembre y Chile recuerda a el quiebre de hace 33 años.
02 septiembre 2006
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