19 diciembre 2007

Historias del Transantiago

El viernes pasado vendí mi auto. Desde ese día he utilizado el sistema público de transporte de Santiago, el vilipendiado Transantiago.

Fuera de la incomodidad de tomar un bus bajarme y abordar un apretujado tren subterráneo en estos días han resurgido esas historias de vida que se sucediendo entre la multitud.


Parálisis facial
Son las 8:00 de la mañana y logró hacer espacio –empujando con mi espalda a las personas que están paradas en la puerta- en el tercer carro del tren de la línea 4 que me debe llevar desde la Estación Grecia a Tobalaba para de ahí abordar la línea 1 hasta Universidad de Chile.
Inmediatamente detrás de mí viene una señora de unos 65 años de edad. No hay posibilidad de que algunos de los afortunados pasajeros que viajan sentados -que seguramente corrieron en Puente Alto para lograr el ansiado puesto- le den el asiento a la dama. Entre empujón y empujón por el avance del tren por el túnel la señora declama. Al principio uno puede compartir sus reclamos. “Nos tratan como animales”, repetía insistentemente y tratando de mirar en qué estación señalaba que se bajaba en Bilbao.
Llegamos a estación Orientales. Una persona bajó y tres subieron en un espacio en el que íbamos apretados. La señora es empujada hacia el interior y yo quedo en su espalda mirando hacia adentro. Regaña y dice que esto es culpa de los empresarios. Que no ponen los recursos que comprometieron porque no nos respetan como personas y que nunca este sistema mejorará… que ella que le dio parálisis facial fue en sus tiempos de juventud una luchadora por sus derechos…
Estamos llegando a Plaza Egaña. Miro a una mujer de mi edad que está juste delante de la señora. Nos sonreímos (que malos somos). Miró hacia el costado y un joven con pinta de estudiante de sociología también sonríe…
La señora no deja de protestar sobretodo que en la siguiente estación bajan 4 y suben seis. Ahora dice que todos somos unos cobardes. Que no somos capaces de organizados para obligar a mejorar el sistema. Que todo lo que estamos viviendo es culpa nuestra. Y que ha ella le dio parálisis facial….Nos acercamos a Principe de Gales. La señora no logra encontrar a alguien que le responda y comparta sus críticas. Todos van serios (con una sonrisa en la boca) y callados. “Es culpa de los empresarios que no pusieron los recursos que comprometieron”, señala la señora que a estas alturas para los que estamos apretados en el vagón es un personaje de culto. La viejecita que tras cada crítica al aire repite que se baja en Bilbao. Nos acercamos a su estación y todos nos miramos. Nos apretamos un poco y hacemos una especie de callecita para que la señora baje. Una vez que la vemos en el pasillo de la estación intercambiamos miradas y sonrisas. Ahí va la viejecita delgada con pollera negra y pequeñas flores blancas estampadas. Ahí van las críticas que tal ve muchos comparten, pero dichas a nosotros mismos no sirven y que al final nos alegraron la mañana.

2 comentarios:

Andres Palma dijo...

Parece que leí algo similar en LUN hace un tiempo, parece que la señora aquella repite la misma rutina siempre... lo que no quiere decir que esté equivocada.

Karen dijo...

Lo más curioso es que justamente, nadie hace nada. Los pinguinos fueron bastante más jugados y no se dejaron nunca pasar a llevar. Hasta que lograron su cometido. Acá, reaccionamos como ovejas...todos resignados, callados. En especial, los que no pagan el pasaje en la micro. Después nos admiramos porque los argentinos son más cancheros que nosotros...andá!

Pd. Cruido, amigo mio. Escribiré mi blog cuando comience mis "obligadas" próximas vacaciones.